Hace unos días, fui convocada por @Verogran para participar en su blog con unas palabras acerca de los hábitos que fomentan el trabajo creativo. Llevaba tiempo reflexionando sobre ese tema, por lo que me encantó la idea y acepté enseguida.
Y esto es lo que salió:
No creo que haya una fórmula única para trabajar, sino que cada uno debe encontrar la que mejor se adapte a su forma de ser y su situación. La creatividad es un proceso muy poco racional, no nos llegan las ideas de una manera controlada y en orden, sino más bien todo lo contrario. Y está bien que así sea. Está bien que nos permitamos jugar con las ideas, porque es esa libertad la que nos permite hallar respuestas nuevas cada vez.
Pero justamente por todo esto, también creo que es necesario seguir ciertas pautas de conducta. Cada uno tendrá las suyas, éstas son las mías:
1. El primer paso consiste en conocerse bien a uno mismo: saber qué cosas se nos dan bien, y cuáles nos cuestan un poco más. En qué momento del día estamos más “creativos” y cuándo hacemos mejor los trabajos mecánicos o rutinarios. En qué espacio físico estamos más cómodos y qué cosas favorecen o anulan el proceso creativo: música, herramientas, compañía, etc.
2. Una vez que tengamos esto claro, el siguiente paso es planificar para poder sacarle el máximo partido al tiempo de trabajo. Crear es un proceso que requiere su tiempo y su espacio, y necesitamos tener todo el trabajo organizado con antelación para, llegado el momento, tener todo a punto para trabajar; y nuestra cabeza relajada y libre de presiones para poder crear con libertad.
3. Darnos tiempo, y sobre todo, exigir que nos respeten el tiempo que requiere el proceso creativo. Por lo general, las primeras ideas o bocetos suelen ser caóticos e inconexos, pero es de ese caos de donde partimos para crear un producto acabado. Necesitamos tiempo para crear, tiempo para descansar las ideas y dejarlas madurar y tiempo para retomarlas con calma y ahí sí, poner en orden cada uno de los elementos. Es fundamental tomar distancia unas horas -o incluso días- y aprovechar ese tiempo para hacer otro trabajo o cualquier otra actividad que nos despeje. Cuando retomemos el trabajo con una perspectiva nueva, nos será mucho más fácil quitar lo superfluo y centrarnos en lo verdaderamente importante.
4. Contar con las herramientas adecuadas, y conocerlas bien: ya sea un sistema operativo, una aplicación, un pincel, una cámara de fotos, o lo que necesitemos para trabajar. Saber en detalle qué podemos hacer con ellas y qué limitaciones tiene cada una, nos permite conocer de antemano el campo dentro del cual podemos dar rienda suelta a nuestra creatividad.
5. Conocer algunos recursos de emergencia: no siempre podemos trabajar en el entorno y tiempo ideales, pero es nuestra responsabilidad poder sacar el trabajo incluso en situaciones adversas. Es fundamental entonces saber a dónde recurrir para buscar inspiración, o qué trazos iniciales dar en caso de bloqueo, para evitar el famoso “pánico de la hoja en blanco”. La ventaja que nos dan los años y la experiencia, es que vamos acumulando una serie de recursos propios que nos permiten confiar en nosotros mismos a la hora de trabajar y saber que podremos llevar adelante el trabajo independientemente del contexto.
6. Por último: Las ideas pueden llegar en cualquier momento, pero somos nosotros quienes debemos estar preparados para captarlas y darles la forma adecuada. Creo que era Picasso quien -¡con tanta razón!- decía aquello de “Que la inspiración te encuentre trabajando”.
Buena suerte y buen trabajo!
Aquí el post original.Muchas gracias, Verónica!
La semana pasada, cobré una factura relativamente importante. Llevaba casi 3 meses sin cobrar nada, atravesando uno de los veranos más ajustados de los últimos tiempos. Estaba advertida: nadie dijo que esto sería fácil.
Sobrevivir como freelance requiere ser organizado con las cuentas, no hay vuelta que darle. Vengo de un país en constante crisis y donde ahorrar es casi una obligación si uno quiere tener asegurados más o menos los víveres de los próximos meses. No era ninguna novedad para mí la costumbre de ser precavida con los gastos, pero allí estaban mis padres y su techo, lo que hacía todo infinitamente más sencillo.
Pero aquí y ahora no están, y mi nanoeconomía no permite grandes malabarismos. Sin embargo, aún con todo lo que me queda por aprender, puedo estar orgullosa de que nunca me he tenido cuentas en rojo, ni he necesitado créditos, y sobre todo: no tengo ninguna deuda con nadie. (O eso creo. Si te debo dinero habla ahora o calla para siempre!)
Los comienzos
Para arrancar, necesitaba una pequeña cantidad de dinero. Sabía que los primeros meses serían los más difíciles y que aunque todo saliera bien desde el día 1, muy raro sería que alguien me pagara a menos de 30 días, y tenía que tener todo atado desde el vamos.
Cuando me fui de la agencia en la que trabajaba, les conté mi situación y me arriesgué a pedirles que me arreglaran el despido de manera que puediera cobrar el paro. Accedieron bajo la promesa de continuar trabajando para ellos externamente y con precio “de amigo”. Cobré el paro durante unos meses, facturando a través de otros profesionales, hasta que me decidí y pedí el Pago Único (lo que merece un post aparte, o más bien pasarse por el blog de Jaime Estévez, que es una biblia indispensable para estos temas.).
Esta jugada me dio la posibilidad de contar con un par de miles de euros para invertir y tener cubiertos los gastos mínimos en los próximos meses. La mitad del dinero que te queda por cobrar del paro te lo dan en efectivo, y el resto en cuotas para cubrir los pagos de Autónomos.
Saber que no vas a cobrar más el paro y que de aquí en adelante sólo vas a vivir de lo que sepas generar, da vértigo. Mucho vértigo.
Como primer medida, abrí dos cuentas bancarias (bueno, las tenía abiertas desde antes, pero las empecé a utilizar correctamente). Una sería “la profesional” y otra “la personal”. En el mismo banco y con las mismas condiciones, cosa de no complicarme demasiado. Aunque seguro que alguien más enterado podría decir que conviene hacer otra cosa.
La cuenta profesional, es donde van todos los pagos y todos las domiciliaciones. La otra es a la que accedo a través de mi tarjeta (que no es de crédito), y con la que pago y saco dinero para mi día a día. La idea era simple: de todo lo que entra en una cuenta, transferirme una cantidad limitada por mes para mis gastos personales y así sentirme como que tenía un pequeño “sueldo”.
Reconozco que no siempre soy todo lo estricta que debería ser y muchas veces “robo” dinero de una cuenta a la otra para algún capricho o gasto no previsto, pero más o menos trato de ser responsable y no caer en la tentación. A fin de cuentas, Hacienda siempre está ahí acechando y no quiero caer todavía en los infiernos de deberle dinero a esa fuerza superior que todo lo controla.
Por supuesto que ya he aprendido el significado de la palabra “aplazamiento” y los beneficios de pronunciarla en los momentos adecuados, cuando mi gestora (mi primer y mejor inversión) me manda esos correos llenos de números y la palabra tan temida: IVA.
Cuando las deudas las tienen contigo.
Sin embargo, no siempre depende de nosotros. Aquella agencia que tan bien se portó conmigo cuando comencé, más tarde se convirtió en la peor pesadilla de mis cuentas, demorándose casi un año en pagar las facturas con las excusas más inverosímiles que se les puedan ocurrir.
Que no he recibido la factura, que otra vez no la encuentro, que a fin de mes, que el mes que viene, que te prometo que esta vez sí, que las vacaciones, que navidad, etc, etc, etc…
Uno se siente impotente. Y gilipollas. Pero el dinero sigue sin aparecer.
Finalmente, el día que los astros se alinean y te pagan al fin algo (porque nunca es todo a la primera), sientes una mezcla de agradecimiento con deseos de matar. Pero lo mejor que se puede hacer, es aprender la lección y hacer todo lo posible para que no vuelva a suceder.
Por suerte no todos los clientes son así, y la mayoría de gente con la que me he topado (casi todas conocidas gracias a Twitter), ha pagado en tiempo y forma, más allá de los 30, 60 y hasta 90 (o 120!) días que pidan de plazo. Me parece una vergüenza, pero es lo que hay y si quiero seguir trabajando tengo que moldearme a la situación actual, mientras sea posible y razonable. Prefiero eso a la incertidumbre, la mentira y la falta de respeto de quien promete un plazo que no puede cumplir.
Y así, apuntando todo en un excel más bonito que práctico (gajes del oficio) y tirando de Google Calendar para los recordatorios de pagos y cobros, fui sobreviviendo durante este tiempo. Sé que podría ser más eficiente, sé que podría cobrar más y mejor, pero todo se aprende, y al fin de cuentas, uno nunca cobra lo que se merece, sino lo que es capaz de negociar.
Hace un par de días me enteré de que iba a haber en Madrid una huelga de metro. Me han sugerido que busque transportes alternativos, y me han recomendado las mejores opciones disponibles. Con esa información, pude planificar mi agenda del día siguiente. Al despertar, supe cómo estaba cada zona de la ciudad a cada momento, cómo era mejor moverse y por dónde, qué caminos evitar y hasta qué opinaba diferentes personas, conocidas y desconocidas, sobre el hecho en sí y sobre las causas que lo habían originado. Pude formar una opinión personal precisa gracias a los diferentes puntos de vista que pude conocer; y una vez metida en las caóticas calles de Madrid, pude moverme de la mejor manera para llegar a tiempo a todo lo que tenía que hacer.
En ningún momento encendí la TV. No escuché ninguna radio ni leí ningún periódico. Sólo tuve contacto con el mundo exterior a través de Twitter. No me digan que es una pérdida de tiempo. No me digan que sólo genera ruido y que no es útil. De alguna manera, mejora mi calidad de vida.
El tiempo que me hubiera llevado centrar mi atención en la TV -consumiendo publicidad de productos que no necesito y escuchando noticias desactualizadas-, lo invertí leyendo y escuchando exactamente lo que yo quise y cuando yo quise. Tuve libertad de elegir, en todo momento. Eso para mí es calidad de vida.
La anécdota de la huelga es sólo un recorte de un día. Llevo más de tres años en Twitter, justamente cuando me vine a vivir a Madrid. No conocía más que a un par de personas aquí. Pero poco a poco fui armándome un círculo social y profesional que de otra manera me hubiera sido mucho más complicado. He conocido amigos y pareja. He encontrado trabajo, me he cansado y me han animado a seguir. Decidí trabajar por mi cuenta, confiada en que en el fondo no estaba sola, que estaba rodeada de gente que estaba viviendo lo mismo que yo. Hubo gente que me aconsejó, que contrató mis servicios. Hubo quien me recomendó a sus contactos y eso me ha permitido tener más trabajo y más amigos. Y vida social. Y fiestas. Y hasta partidos del mundial en compañía.
No, para mí todo eso no es una pérdida de tiempo.
“Hoy pude darme el lujo de despertarme cuando me lo pidió el cuerpo, ordenar mi casa, desayunar tranquila, ir al gimnasio, nadar en la piscina, secarme al sol, beber gazpacho, trabajar duro, tachar todo mi to-do y pensar en qué prepararle a mi chico para cenar. Relajarme. Inspirarme. Seguir trabajando. Adelantar cosas pendientes. Hablar con amigos. Organizar mi agenda. Descansar.
Adoro ser freelance.
”