La semana pasada, cobré una factura relativamente importante. Llevaba casi 3 meses sin cobrar nada, atravesando uno de los veranos más ajustados de los últimos tiempos. Estaba advertida: nadie dijo que esto sería fácil.
Sobrevivir como freelance requiere ser organizado con las cuentas, no hay vuelta que darle. Vengo de un país en constante crisis y donde ahorrar es casi una obligación si uno quiere tener asegurados más o menos los víveres de los próximos meses. No era ninguna novedad para mí la costumbre de ser precavida con los gastos, pero allí estaban mis padres y su techo, lo que hacía todo infinitamente más sencillo.
Pero aquí y ahora no están, y mi nanoeconomía no permite grandes malabarismos. Sin embargo, aún con todo lo que me queda por aprender, puedo estar orgullosa de que nunca me he tenido cuentas en rojo, ni he necesitado créditos, y sobre todo: no tengo ninguna deuda con nadie. (O eso creo. Si te debo dinero habla ahora o calla para siempre!)
Los comienzos
Para arrancar, necesitaba una pequeña cantidad de dinero. Sabía que los primeros meses serían los más difíciles y que aunque todo saliera bien desde el día 1, muy raro sería que alguien me pagara a menos de 30 días, y tenía que tener todo atado desde el vamos.
Cuando me fui de la agencia en la que trabajaba, les conté mi situación y me arriesgué a pedirles que me arreglaran el despido de manera que puediera cobrar el paro. Accedieron bajo la promesa de continuar trabajando para ellos externamente y con precio “de amigo”. Cobré el paro durante unos meses, facturando a través de otros profesionales, hasta que me decidí y pedí el Pago Único (lo que merece un post aparte, o más bien pasarse por el blog de Jaime Estévez, que es una biblia indispensable para estos temas.).
Esta jugada me dio la posibilidad de contar con un par de miles de euros para invertir y tener cubiertos los gastos mínimos en los próximos meses. La mitad del dinero que te queda por cobrar del paro te lo dan en efectivo, y el resto en cuotas para cubrir los pagos de Autónomos.
Saber que no vas a cobrar más el paro y que de aquí en adelante sólo vas a vivir de lo que sepas generar, da vértigo. Mucho vértigo.
Como primer medida, abrí dos cuentas bancarias (bueno, las tenía abiertas desde antes, pero las empecé a utilizar correctamente). Una sería “la profesional” y otra “la personal”. En el mismo banco y con las mismas condiciones, cosa de no complicarme demasiado. Aunque seguro que alguien más enterado podría decir que conviene hacer otra cosa.
La cuenta profesional, es donde van todos los pagos y todos las domiciliaciones. La otra es a la que accedo a través de mi tarjeta (que no es de crédito), y con la que pago y saco dinero para mi día a día. La idea era simple: de todo lo que entra en una cuenta, transferirme una cantidad limitada por mes para mis gastos personales y así sentirme como que tenía un pequeño “sueldo”.
Reconozco que no siempre soy todo lo estricta que debería ser y muchas veces “robo” dinero de una cuenta a la otra para algún capricho o gasto no previsto, pero más o menos trato de ser responsable y no caer en la tentación. A fin de cuentas, Hacienda siempre está ahí acechando y no quiero caer todavía en los infiernos de deberle dinero a esa fuerza superior que todo lo controla.
Por supuesto que ya he aprendido el significado de la palabra “aplazamiento” y los beneficios de pronunciarla en los momentos adecuados, cuando mi gestora (mi primer y mejor inversión) me manda esos correos llenos de números y la palabra tan temida: IVA.
Cuando las deudas las tienen contigo.
Sin embargo, no siempre depende de nosotros. Aquella agencia que tan bien se portó conmigo cuando comencé, más tarde se convirtió en la peor pesadilla de mis cuentas, demorándose casi un año en pagar las facturas con las excusas más inverosímiles que se les puedan ocurrir.
Que no he recibido la factura, que otra vez no la encuentro, que a fin de mes, que el mes que viene, que te prometo que esta vez sí, que las vacaciones, que navidad, etc, etc, etc…
Uno se siente impotente. Y gilipollas. Pero el dinero sigue sin aparecer.
Finalmente, el día que los astros se alinean y te pagan al fin algo (porque nunca es todo a la primera), sientes una mezcla de agradecimiento con deseos de matar. Pero lo mejor que se puede hacer, es aprender la lección y hacer todo lo posible para que no vuelva a suceder.
Por suerte no todos los clientes son así, y la mayoría de gente con la que me he topado (casi todas conocidas gracias a Twitter), ha pagado en tiempo y forma, más allá de los 30, 60 y hasta 90 (o 120!) días que pidan de plazo. Me parece una vergüenza, pero es lo que hay y si quiero seguir trabajando tengo que moldearme a la situación actual, mientras sea posible y razonable. Prefiero eso a la incertidumbre, la mentira y la falta de respeto de quien promete un plazo que no puede cumplir.
Y así, apuntando todo en un excel más bonito que práctico (gajes del oficio) y tirando de Google Calendar para los recordatorios de pagos y cobros, fui sobreviviendo durante este tiempo. Sé que podría ser más eficiente, sé que podría cobrar más y mejor, pero todo se aprende, y al fin de cuentas, uno nunca cobra lo que se merece, sino lo que es capaz de negociar.
