Cuando alguien me pregunta mi profesión, y respondo con orgullo empollón “Diseñadora Gráfica licenciada por la Universidad de Buenos Aires”, la gente me mira como desconcertada ante tanto pavoneo y me dice “Ah, ¿haces web?”.
No. Sí y no, pero principalmente no. El diseño gráfico es mucho más que eso. La web no es más que un soporte entre tantos, con sus reglas y sus limitaciones, como el papel, el espacio o cualquier tipo de material sensible de transportar un mensaje visual.
A lo largo de mi carrera he pensado el diseño desde miles de puntos de vista, y podría estar horas definiéndolo de diversas maneras. Pero para tomar una posición voy a usar de referencia la definición que nos da la wikipedia:
”(…) concebir, programar, proyectar y realizar comunicaciones visuales, producidas en general por medios industriales y destinadas a transmitir mensajes específicos a grupos sociales determinados.”
El diseño no es arte. Coinciden en que ambos son la manifestación visual de un mensaje, pero mientras uno es libre de ser leído según la interpretación de cada espectador, el otro no puede darse el lujo de ir por libre. El diseño necesita controlar el mensaje. Necesita que se interprete una cosa en particular: una identidad, una promoción, una interfaz, una señalización, etc.; no puede darse el lujo de ambivalencias. Incluso cuando necesita transmitir una ambivalencia, necesita asegurarse de que así sea interpretado.
Podría mencionar en este punto las visiones de Barthes, Saussure, y muchos otros nombres que estudié en la asignatura de Semiología -sí, los diseñadores debemos saber también de teoría de la comunicación-, pero me aburriría yo y te aburrirías tú.
Entonces. Si “controlar el mensaje” es la clave, te imaginarás que hay que saber exactamente qué elementos debe haber y qué elementos no, dependiendo de quién sea quien lo tiene que recibir. Cada color, cada tipografía, cada forma, tiene sus connotaciones y denotaciones. Hay que conocerlas y saber cómo combinarlas. Hay que conocer variedades y matices, como quien necesita conocer todas las letras de un alfabeto para saber hablarlo.
Hace mucho mucho tiempo, en una publicación editada por un conocido estudio de diseño en Argentina -Bridger | Conway- aparecía un mensaje que aún hoy utilizo como mantra: “Preocúpate por que te paguen, porque no son sólo dibujitos: son años y años de mirar y mirar”.
Por esto insisto en que yo estudié. En que pasé 5 años con el culo pegado a una silla de la facultad estudiando formas, conociendo elementos, analizando connotaciones. Y no, no es una cuestión de gusto el criterio por el cual aprobabas o no. El mensaje estaba bien comunicado o no. Simple. Por eso las decisiones tomadas. Por eso un color o una letra.
Y “por eso” es que a los diseñadores nos incomoda que juzguen un diseño desde el gusto. Aunque seas mi cliente. Aunque sea tu empresa y creas que conoces absolutamente todo lo que necesita. Créeme que es mejor dejarse aconsejar por una persona que ha visto, probado y estudiado muchísimas más opciones de las que te imaginas y ha llegado a la conclusión que esa opción que te muestra es la mejor entre todas. Es tu reputación lo que está en juego. Tus ventas. Tu identidad.
En la universidad no tuve ni un ordenador ni nadie me enseñó jamás cómo manejar un software. No era necesario. El ordenador era una herramienta más, y un trabajo podía ser tan válido hecho a mano como hecho en Photoshop. Lo importante eran los elementos y sus combinaciones. Y el soporte -la pantalla, el papel, las paredes- un elemento más de la ecuación.
La web vino después, mucho después, y si la teoría estaba bien aprendida, en la práctica la pantalla era un soporte más. Lo importante es saber mirar. Mirar mucho. Mirarlo todo. No dejar nunca de aprender. Ser curioso. Equivocarse y corregir. Y todo eso no se enseña en un curso de Photoshop.
Ponga un diseñador gráfico en su vida. Y déjese aconsejar por él.
